El hombre se ha expresado a través de las artes desde su aparición en la Tierra, y de esta manera manifestado alegrías, tristezas, deseos, emociones, pedidos y agradecimientos.

 

Así nos llegan desde tiempos inmemoriales sus artes, y de su mano, sus costumbres, su vida toda, y hasta parte de su historia.

 

La danza no es ajena a este fenómeno, y es posiblemente de las primeras artes a través de la cuál se comunica, y es importante destacar que tal vez sea la más simbólica de las artes ya que, al prescindir básicamente de la palabra, se acentúa la necesidad de una buena transmisión gestual.

La danza pues, es movimiento. Y un movimiento muy especial ya que requiere de cinco elementos fundamentales, los cuales se interrealcionan para transmitir un mensaje artístico:

Ritmo
Expresión corporal
Movimiento
Espacio
Color


De esta manera llegamos entonces a poder definir la danza como el desplazamiento efectuado en el espacio por una o todas las partes del cuerpo del bailarín, diseñando una forma, impulsado por una energía propia, con un ritmo determinado, durante un tiempo de mayor o menor duración.

El uso predominante de uno u otro de los elementos del movimiento no es siempre parejo. En algunas danzas predomina el ritmo, en otras el uso del espacio, etc. También es importante destacar que de acuerdo al carácter de ella se acentuará el uso de uno u otro elemento.

Es cuando las gotas empiezan a caer por el escote como deslizándose ladera abajo, cuando el pelo se pega a la frente y un único vaso pasa de boca en boca, se vuelca un poco, se vuelve a cargar, cuando nos animamos a saltar como no lo haríamos en ningún gimnasio, es entonces cuando la fiesta está finalmente encarrilada.

 

Antes hubo algo de zozobra, siempre la hay, es cuando arremetemos los valientes, casi siempre los mismos, nos conocemos lo suficiente como para saber que si no empezamos nosotros, tal vez naufrague el encuentro en una terraza cualquiera, en el fondo de un bar, en lugares no habilitados para bailar pero que se convertirán en pistas ardientes donde se derretirán todas las pasiones, las buenas y las malas, los antiguos rencores, los viejos amores, los que quedan a pesar de todo, los que se inician.

 

Hay algo de exorcismo en esa forma de bailar cantando a voz en cuello los éxitos que ya sabemos y alguno que aprendimos hace poco, total en el fragor nadie nos va a escuchar desentonar, ni siquiera se notarán las miradas que se cruzan de soslayo, como perdonándose, reconociéndose, volviendo a recrear el antiguo rito que llamaba a la lluvia o al sol porque casi siempre amanece en ese trance de cuerpos agitados, mojados, cuerpos que son otros cuando pierden el personaje que llegó a la misma fiesta, compuesto y arreglado, sediento del alcohol que suelta amarras y nos deja galopar, desbocados, jinetes en la música que expropia las vergüenzas.

 

Es cierto, hay gente a la que no le gusta bailar, que prefiere el margen oscuro de la pista, voyeurs del placer ajeno, moviendo una patita sobre el piso porque es inevitable rendirse al rítmico danzar de la tribu que lo suspende todo y se entrega a un saber que nadie tiene y es de todos.